Hace un año estuve al borde de un diagnóstico de hipertensión. Lloraba al peinarme por la cantidad de cabello que se me caía, mis uñas no crecían y se quebraban a diario. Empecé a tener dolores de cabeza tipo migraña, desarrollé bruxismo (al punto de quebrarme un diente), mi cuerpo estaba inflamado, no por peso, sino por inflamación generalizada y además tenía una anemia que no lograba superar.
Y lo que más escuchaba era: “Bienvenida al club de la menopausia”.
Pero la verdad era otra.
Yo soy una profesional acostumbrada al trabajo bajo presión, durante años lo manejé bien, ese nunca fue el problema, al contrario me consideraba una "adicta al trabajo", amaba hacer otras extras sin que me lo pidieran.
El cambio vino cuando me convertí en mamá.
Mi enfoque cambió, mis prioridades cambiaron, i vida empezó a girar alrededor de mis hijos… pero mi entorno laboral no cambió conmigo.
Seguían exigiendo como si yo no tuviera una vida que sostener fuera del trabajo.
Como si no existieran hijos que criar, rutinas que cuidar, noches sin dormir.
Las cosas se complican más cuando hablamos de madres que cuidan solas a sus hijos, cuando la carga no se reparte.
Sí, había presión laboral y jornadas extendidas… pero ese no era el verdadero problema.
El mayor detonante de mi estrés eran mis hijos.
No dormían bien.
Yo casi no los veía, más que para acostarlos.
Pasaban todo el día en otra casa.
Necesitaban ayuda con sus tareas… y yo no podía dársela.
Y esa sensación, la de no estar cuidando bien a mis hijos, fue lo que realmente me estaba destruyendo por dentro.
Un año después, todo cambió.
Mi presión volvió a la normalidad, mi cabello dejó de caerse, mis uñas se recuperaron y el bruxismo desapareció.
Me estaba deteriorando.
El estrés mata. No es una exageración… es una realidad silenciosa.
Y algo importante: el estrés no siempre viene sólo del trabajo.
También viene de la culpa, de la desconexión, de sentir que no estamos presentes donde más importa… y de entornos que no acompañan la realidad de quienes sí estamos sosteniendo todo.
Por eso hoy promuevo la estabilidad emocional, especialmente en los entornos donde más lo necesitamos: el hogar y la infancia.
Hoy, por ejemplo, me regalé una sesión de autocuidado: acupuntura y shiatsu. No como lujo, sino como mantenimiento preventivo. Porque entendí algo clave: no todos tenemos la misma tolerancia al estrés, y esperar a “rompernos” no debería ser una opción.
Hoy mi único mal físico es una fascitis plantar, consecuencia de años usando tacones sin medida. Y aun así, lo veo como un recordatorio: el cuerpo siempre habla.
Hay personas que nos comprometemos demasiado, que queremos sostenerlo todo, que damos más de lo que tenemos… hasta que el cuerpo pone el límite.
Por eso, en Lúdika, no solo trabajo el aprendizaje.
Trabajo la emoción, la calma y la regulación.
Porque un niño que se siente acompañado aprende mejor.
Y un padre o madre en paz, puede sostener sin romperse.
Cuidarnos no es un lujo.
Es una responsabilidad.